Si te pudiera abandonar, Infame.
si te hubiera abandonado ya, como era preciso
luego de negros años,
librado haberme de tu cadera enferma,
de tu mirada fija, de tus pezones de cal.
Libre ya de esas noches
en que temía morir bajo tus manos,
esas noches en que tú,
blanca y tibia
como la flor que se abre y se cierra
venenosamente embadurnada,
sonreías al acecho.
A mí también me engullirás
con ese tu cuerpo despedazado uniéndose por obra de misterio.
Cuando la asfixia me eche de mi cuarto,
cuando me ahogue el espumarajo,
la mutación silenciosa, el arrepentimiento,
me vas a repasar en tu sangre inmunda,
acabarás conmigo de una vez por todas.
¡Noches a la deriva!
¡Mi amor era una loba enferma,
sonámbula en los laberintos de la muchedumbre!
¡Deteniéndose a oler, supersticiosa,
la fruta genital pudriéndose entre latidos!
Así fue que me ganó la manía de recordar nombres olvidados.
Así fue que vi a Dios cruzar como un tiburón de luz
las salas de cine.
Y los hombres recargados en largos pasillos biliosos,
y las muchachas de papel
y los ojos como globos de sangre.
Los ojos que no dormían.
Hubo un tiempo en que las noches
olían al cloro derramado de las eyaculaciones.
Nadie podrá devolverme aquella espuma ácida,
ni la ternura hecha de préstamos,
ni el miedo, ni el nombre falso con el que nos conocimos.
Ella, mi ciudad, tenía la espantosa costumbre de estar en todas partes.
Apresurándonos en hoteles infectos
increíblemente castos, con dientes apretados,
nos mordíamos para no caer dormidos,
para no dejarme llegar a esta edad ridícula
en la que no soy joven ni viejo.
Los zapatos se me deformaron un poco sombras,
doloridas raíces,
y mis dedos cogieron un sabor
de madera quemada.
Entonces,
sólo entonces,
fui a asomarme entre la gente a ver el rabioso paso de la resignación.
¿Lo sientes?
De los testículos asciende,
húmedo otra vez, este olor a insecto:
la desesperación.
Óyeme ahora, mi manceba vieja, mi Obesa.
Oye lo que te digo:
Aquí hubo una isla con un templo de sangre,
osarios descomunales la afincaban en el lodo,
y el agua dulce trazaba una raya donde se detenía exacta el agua de sal.
Íbamos a morir de todas maneras,
a pesar de este sol insaciable y sus dioses de piedra negra.
A pesar de los gritos, y la pasión desconfiada,
y las frases intachables, llenas de odio,
escupidas como bautismo.
Íbamos a nacer de todas maneras.
En esta tierra enfermiza, condenada a lo peor,
a estos hedores y este lirismo,
a su venenosa cortesía,
a sus altares para hacer leña dorada,
sus reinas locas, sus héroes impasibles,
su isla, ay su isla, moviéndose como un parásito debajo de la piel.
Noche tras noche
tuve tiempo de pensarlo:
había que huir de la Torva.
Pero huir es una sincerismo que no lleva a ningún lado.
Y yo soy lo que se dice un farsante con método:
Púlsame con este afán misionero de salir a la calle
a ser Nadie con desenfreno,
a unirme al gran coro de los masturbadores,
a besar entre calosfríos la foto del criminal bellísimo,
y a morir bajo posturas que son alta traición.
Ahora me abro paso a bofetadas: estoy a punto de ponerme sentimental.
Me recargo, cojo ánimos.
Y entonces tú,
con ese movimiento sísmico de tus caderas,
vienes hacia mí.
jueves 4 de junio de 2009
jueves 14 de febrero de 2008
LA GUERRA DE LOS LITERATOS
Apenas estábamos reponiéndonos de la zacapela armada por Christopher Domínguez con su Diccionario Crítico de la Literatura Mexicana cuando cayó la bomba de que habían declarado desierto el Premio Aguascalientes de poesía. Los jurados, conjurados, decidieron que entre los doscientos tres manuscritos concursantes era más difícil hallar excelencia que virtud entre los vecinos de Sodoma. Los poetas, que suelen tener un humor difícil, no se lo tomaron con mucha ecuanimidad. En foros y blogs lo menos bilioso que se ha dicho es que la poesía está en crisis, pero esto es algo que se viene diciendo desde que los poemas se escribían en tablillas de barro. La discusión se ha ido en muchos tonos. Lo más grueso son las diatribas, las suposiciones y las cuentas pendientes que ahora se quieren cobrar. Lo mejor: una incipiente discusión sobre el estado que guarda la poesía mexicana.
En otras circunstancias, me gustaría llamar a la calma y a la concordia, pero no lo hago por dos razones: la primera, porque yo fui uno de los concursantes palurdos cuya excelencia quedó en entredicho, y la segunda, porque la verdad es que la guerra entre poetas o intelectuales siempre me ha parecido un espectáculo fascinante. La literatura es un asunto del que solemos hablar con aire reverencial, y los mismos escritores frecuentemente se toman en serio la reputación oracular, casi sagrada, de su trabajo. Yo he escuchado a algunos repetir, por ejemplo, que el poeta es “el guardián de las palabras de la tribu”, y decirlo sin que les tiemble la quijada y sin el menor asomo de ironía. Un gran Dios, supuso Darío, debió darles orgullo y vanidad a los pobres escritores para resistir un mundo que se opone a ellos. Las guerras entre literatos suelen ser un circo de vanidades, una hoguera de prejuicios y un hervidero de envidias, pero también es cierto que es en esos bretes en donde mejor se pulen ciertos estilos y en donde con mayor fuerza se definen ciertos proyectos generacionales.
Que los poetas no quieran a sus colegas no es cosa nueva y no debería asombrarnos demasiado. Ya don Francisco de Quevedo, en sus Premáticas del desengaño contra los poetas güeros, decía que los poetas –ese “género de sabandijas”- “sólo dicen verdad en decir mal unos de otros”. Quevedo casi no quiso a nadie: se burló sin compasión de Góngora (y éste hizo lo propio) y no tuvo miramientos con las desventajas físicas del indiano Ruiz de Alarcón en una época en que no existía la corrección política. El siglo de Oro fue una Edad ejemplar de todos contra todos.
¿Un escritor ha de aplaudir a otro? A menos que sea haciéndolo en su rostro, abofeteándolo, que fue la manera en que Salvador Novo –ese maestro del estilo y del veneno- “homenajeó” a Rodolfo Usigli. Un amigo suyo, que recibió sus puyas con muy buen humor, Elías nandino, dice algo significativo en su autobiografía, Juntando mis pasos: “Estoy convencido de que la amistad es un sentimiento sincero, pero los poetas, solapadamente, son enemigos”. Lo que Novo sabía, de todos modos, es que no son las palmas de las manos, sino la lengua, el arma más afilada que los escritores usan contra otros escritores. Lo que dicen a veces es atroz. Mark Twain, por ejemplo, opinó de Jane Austen que “es imposible de leer. Es una gran lástima que la dejaran morir de muerte natural”. Ante el fallecimiento de Capote, Gore Vidal sólo vio en ello otro de sus trucos publicitarios. Ni los espíritus más refinados parecen libres del uso acerado de la maledicencia. En los Diarios de Bioy Casares con Borges, publicados apenas, asoma con frecuencia el sarcasmo, la burla más o menos sutil, contra sus colegas. Uno puede temblar de ira –o pasmarse- ante el desprecio que los dos escritores demuestran, por mencionar algo, contra Virgilio Piñera o contra Gombrowicz.
Hay escritores que vivieron posesionados por la ira o por la envidia, y murieron con ese regusto en la lengua y en la pluma. Cabrera Infante escribió un hermoso y admirativo texto “Reinaldo Arenas o la destrucción por el sexo” y en pago el homenajeado lo llamó La Jíbaro-inglesa y descargó sobre él toda su capacidad satírica. Pero también creo que ese humor vitriólico fue en cierta forma su respuesta visceral contra el acoso y pienso que esa capacidad vesánica de los textos arenianos, que los recorre en su centro mismo, es uno de los mayores lujos de su obra y su explicación minuciosa.
¿Debemos pues alarmarnos por la ferocidad de nuestros poetas? No, qué va. Los huesos de la poesía parecen robustecerse con los nutrientes agridulces de la malaleche. Ese afán de confrontación, de debate, de antagonismo de ideas y de personas –aducía José Clemente Orozco, que no era escritor, pero en todos los gremios se cuecen habas- es el verdadero motor del arte. Y decía una cosa más: si alguien quiere conciliar, si alguien quiere sembrar el punto medio, a ése hay que darle, ése es el enemigo.
En otras circunstancias, me gustaría llamar a la calma y a la concordia, pero no lo hago por dos razones: la primera, porque yo fui uno de los concursantes palurdos cuya excelencia quedó en entredicho, y la segunda, porque la verdad es que la guerra entre poetas o intelectuales siempre me ha parecido un espectáculo fascinante. La literatura es un asunto del que solemos hablar con aire reverencial, y los mismos escritores frecuentemente se toman en serio la reputación oracular, casi sagrada, de su trabajo. Yo he escuchado a algunos repetir, por ejemplo, que el poeta es “el guardián de las palabras de la tribu”, y decirlo sin que les tiemble la quijada y sin el menor asomo de ironía. Un gran Dios, supuso Darío, debió darles orgullo y vanidad a los pobres escritores para resistir un mundo que se opone a ellos. Las guerras entre literatos suelen ser un circo de vanidades, una hoguera de prejuicios y un hervidero de envidias, pero también es cierto que es en esos bretes en donde mejor se pulen ciertos estilos y en donde con mayor fuerza se definen ciertos proyectos generacionales.
Que los poetas no quieran a sus colegas no es cosa nueva y no debería asombrarnos demasiado. Ya don Francisco de Quevedo, en sus Premáticas del desengaño contra los poetas güeros, decía que los poetas –ese “género de sabandijas”- “sólo dicen verdad en decir mal unos de otros”. Quevedo casi no quiso a nadie: se burló sin compasión de Góngora (y éste hizo lo propio) y no tuvo miramientos con las desventajas físicas del indiano Ruiz de Alarcón en una época en que no existía la corrección política. El siglo de Oro fue una Edad ejemplar de todos contra todos.
¿Un escritor ha de aplaudir a otro? A menos que sea haciéndolo en su rostro, abofeteándolo, que fue la manera en que Salvador Novo –ese maestro del estilo y del veneno- “homenajeó” a Rodolfo Usigli. Un amigo suyo, que recibió sus puyas con muy buen humor, Elías nandino, dice algo significativo en su autobiografía, Juntando mis pasos: “Estoy convencido de que la amistad es un sentimiento sincero, pero los poetas, solapadamente, son enemigos”. Lo que Novo sabía, de todos modos, es que no son las palmas de las manos, sino la lengua, el arma más afilada que los escritores usan contra otros escritores. Lo que dicen a veces es atroz. Mark Twain, por ejemplo, opinó de Jane Austen que “es imposible de leer. Es una gran lástima que la dejaran morir de muerte natural”. Ante el fallecimiento de Capote, Gore Vidal sólo vio en ello otro de sus trucos publicitarios. Ni los espíritus más refinados parecen libres del uso acerado de la maledicencia. En los Diarios de Bioy Casares con Borges, publicados apenas, asoma con frecuencia el sarcasmo, la burla más o menos sutil, contra sus colegas. Uno puede temblar de ira –o pasmarse- ante el desprecio que los dos escritores demuestran, por mencionar algo, contra Virgilio Piñera o contra Gombrowicz.
Hay escritores que vivieron posesionados por la ira o por la envidia, y murieron con ese regusto en la lengua y en la pluma. Cabrera Infante escribió un hermoso y admirativo texto “Reinaldo Arenas o la destrucción por el sexo” y en pago el homenajeado lo llamó La Jíbaro-inglesa y descargó sobre él toda su capacidad satírica. Pero también creo que ese humor vitriólico fue en cierta forma su respuesta visceral contra el acoso y pienso que esa capacidad vesánica de los textos arenianos, que los recorre en su centro mismo, es uno de los mayores lujos de su obra y su explicación minuciosa.
¿Debemos pues alarmarnos por la ferocidad de nuestros poetas? No, qué va. Los huesos de la poesía parecen robustecerse con los nutrientes agridulces de la malaleche. Ese afán de confrontación, de debate, de antagonismo de ideas y de personas –aducía José Clemente Orozco, que no era escritor, pero en todos los gremios se cuecen habas- es el verdadero motor del arte. Y decía una cosa más: si alguien quiere conciliar, si alguien quiere sembrar el punto medio, a ése hay que darle, ése es el enemigo.
sábado 27 de octubre de 2007
GRACIAS POR EL HORROR
Pongo aquí el artículo que publiqué hoy en El Universal, dentro de la columna La Primera Dama, espacio semanal a cargo del colectivo formado por Adriana González Mateos, Vizania Amezcua, Saúl Gutiérrez y yo. Mis colaboraciones aparecen cada quince días. Léanla.
GRACIAS POR EL HORROR
La irrupción apoteósica del “Poeta Caníbal” en la escena mexicana no nos ha quitado el hambre. Es un tema habitual de sobremesa. Algunos nos preguntamos ya en el postre si la imaginería febril que ha desatado no terminará por instalar una cierta “estetitización del mal”. Más aún, ya en la copa, nos llega la duda de si ese delirio no ha estado siempre aquí.
Siempre hubo caníbales en México. ¿Podía ser de otra manera? La combinación de hambre ancestral más pasión gastronómica más debilidad por la mitopoiesis nos puso a una tarascada de comernos al prójimo. El más joven de nuestros cronistas, el novedoso Bernal Díaz del Castillo, hace reiteradas alusiones a ese deliquio, y a uno más, el pecado nefando, la sodomía, que fueron ambos la marca de la bestia americana, del “otro” bárbaro al que había que redimir. En ese binomio justamente -sangre y sexualidad prohibida- se fincó la leyenda del semanario Alarma!, una publicación que habrá que desentrañar con menos prejuicios para entender el “alma nacional”.
William S. Bourroughs, que llamó a la ciudad de México, “la capital universal del crimen”, especuló que entre nosotros, “el asesinato es la manía nacional”. Acto seguido, inspirado por el ambiente quizá, le pegó un tiro a su mujer. Esa pasión por la sangre, ese frenesí que nos lleva de la fiesta a la tragedia, de la celebración al luto, ha horrorizado –y a veces fascinado- a los extraños. Katherine Anne Porter fue sensible a la “casi extática expectación de la muerte que se halla en el aire de México”. Y describió así tal sensación lúgubre: “los extranjeros sienten el ácido de la muerte en sus huesos ya sea que un peligro verdadero esté o no cerca de ellos”.
Esa adormecida pasión se ha renovado en pocos meses con extraña virulencia y también –por qué no decirlo- con tramas argumentales que merecen una mejor literatura. Habría que renovar la vieja paradoja de que en México Kafka sería un escritor costumbrista. En realidad, creo, Kafka habría sido un periodista de nota roja. La Mataviejitas, El Caníbal del Caribe, el aluvión de cabezas decapitadas como monstruoso teatro de marionetas, y ahora El Poeta Caníbal han puesto al día el tremendismo en el gusto popular. El público está poseído por un regocijo mal disimulado, por una obsesión enfermiza por los detalles, por su debilidad recurrente por las tramas lacrimosas, las relaciones extrañas, la moraleja que se demora ante la incapacidad policiaca.
Ahora todos seremos el Poeta Caníbal. A una sociedad adormecida por la violencia brutal, la televisión y su cultura imbécil, la pésima educación, la injusticia como dios de piedra, sólo puede conmoverla, estimularla, erotizarla, cierta “violencia estética”. El banquete del caníbal está servido. Este festín, señores, apenas comienza.
GRACIAS POR EL HORROR
La irrupción apoteósica del “Poeta Caníbal” en la escena mexicana no nos ha quitado el hambre. Es un tema habitual de sobremesa. Algunos nos preguntamos ya en el postre si la imaginería febril que ha desatado no terminará por instalar una cierta “estetitización del mal”. Más aún, ya en la copa, nos llega la duda de si ese delirio no ha estado siempre aquí.
Siempre hubo caníbales en México. ¿Podía ser de otra manera? La combinación de hambre ancestral más pasión gastronómica más debilidad por la mitopoiesis nos puso a una tarascada de comernos al prójimo. El más joven de nuestros cronistas, el novedoso Bernal Díaz del Castillo, hace reiteradas alusiones a ese deliquio, y a uno más, el pecado nefando, la sodomía, que fueron ambos la marca de la bestia americana, del “otro” bárbaro al que había que redimir. En ese binomio justamente -sangre y sexualidad prohibida- se fincó la leyenda del semanario Alarma!, una publicación que habrá que desentrañar con menos prejuicios para entender el “alma nacional”.
William S. Bourroughs, que llamó a la ciudad de México, “la capital universal del crimen”, especuló que entre nosotros, “el asesinato es la manía nacional”. Acto seguido, inspirado por el ambiente quizá, le pegó un tiro a su mujer. Esa pasión por la sangre, ese frenesí que nos lleva de la fiesta a la tragedia, de la celebración al luto, ha horrorizado –y a veces fascinado- a los extraños. Katherine Anne Porter fue sensible a la “casi extática expectación de la muerte que se halla en el aire de México”. Y describió así tal sensación lúgubre: “los extranjeros sienten el ácido de la muerte en sus huesos ya sea que un peligro verdadero esté o no cerca de ellos”.
Esa adormecida pasión se ha renovado en pocos meses con extraña virulencia y también –por qué no decirlo- con tramas argumentales que merecen una mejor literatura. Habría que renovar la vieja paradoja de que en México Kafka sería un escritor costumbrista. En realidad, creo, Kafka habría sido un periodista de nota roja. La Mataviejitas, El Caníbal del Caribe, el aluvión de cabezas decapitadas como monstruoso teatro de marionetas, y ahora El Poeta Caníbal han puesto al día el tremendismo en el gusto popular. El público está poseído por un regocijo mal disimulado, por una obsesión enfermiza por los detalles, por su debilidad recurrente por las tramas lacrimosas, las relaciones extrañas, la moraleja que se demora ante la incapacidad policiaca.
Ahora todos seremos el Poeta Caníbal. A una sociedad adormecida por la violencia brutal, la televisión y su cultura imbécil, la pésima educación, la injusticia como dios de piedra, sólo puede conmoverla, estimularla, erotizarla, cierta “violencia estética”. El banquete del caníbal está servido. Este festín, señores, apenas comienza.
sábado 20 de octubre de 2007
viernes 19 de octubre de 2007
LA VERDADERA REINA DE LA NOCHE
¡El lujo vicioso, lento, vampírico de la voz -fuego helado- de la única e inimitable (y olvidada) Elvira Ríos!
LA NUEVA POESIA CANIBALISTA
¡Cosas extraordianrias pasan en este país! Por primera vez un poema es una prueba pericial. Un poema y los fragmentos de una novela inconclusa (y acaso nunca iniciada) están en la imaginación de todos los mexicanos. En el súper, en el metro, en la pesera, la gente repite una frase enigmática: “Algún día todos seguiremos al Caminante”. El Caminante, me explican, es Aníbal Lecter, el artista gourmet de El silencio de los inocentes. Esa frase ha sido citada de memoria más veces que cualquier otra. Más veces que aquella: “Vine a Comala, a buscar a mi padre, un tal Pedro Páramo”. O bien: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis…”
El poema de José Calvo Cepeda fue guardado en una bolsa hermética, con una solicitud que no ha recibido –por parte del Estado- ninguna obra literaria. Daniela Tarazona me refirió el prodigio todavía deslumbrada.¡ Un poema en una bolsa bajo la mirada intensa de los peritos! “Ahora todos seremos sospechosos”, me dijo, a su vez, el más guapo de los poetas mexicanos (cuyo nombre omito, para que cualquiera se atribuya la frase). Pero yo digo que no está mal. Por fin, ser poeta tiene un encanto perturbador. Antes uno se lo callaba para no abochornar a sus seres queridos. Ahora, en cambio, cuando conozco algún muchacho, es lo primero que le informo. El mancebo sin falla pone ojos arrobados. Quizá se adelanta e imagina su cuerpo sobre mi cama decorado como para una película de Greenaway. Y yo, degustando uno a uno sus miembros, mientras le leo fragmentos selectos de El manantial Latente.
Ya, desde ahora mismo, declaro el nacimiento del movimiento canibalista dentro de la poesía mexicana, cuya primera misión será sembrar de horror delectable al lector, de cimbrarlo bajo la promesa callada de una muerte estética y de anunciar las bodas de la literatura y la gastronomía.
Se me dirá que los poetas siempre han sido caníbales feroces. Sí, de unos con los otros; pero de lo que se trata ahora es de llevar esa ferocidad y ese arte al Pueblo. Los mexicanos tenemos una larga tradición de canibalismo. Nuestra poesía melancólica, por otra parte, es uno de los mejores frutos de la lengua. Ha llegado el momento de la Gran Síntesis Cultural.
El poema en una bolsa de nylon es una bomba de tiempo. Y en verdad, en verdad os digo: “Algún día todos seguiremos al Caminante”.
El poema de José Calvo Cepeda fue guardado en una bolsa hermética, con una solicitud que no ha recibido –por parte del Estado- ninguna obra literaria. Daniela Tarazona me refirió el prodigio todavía deslumbrada.¡ Un poema en una bolsa bajo la mirada intensa de los peritos! “Ahora todos seremos sospechosos”, me dijo, a su vez, el más guapo de los poetas mexicanos (cuyo nombre omito, para que cualquiera se atribuya la frase). Pero yo digo que no está mal. Por fin, ser poeta tiene un encanto perturbador. Antes uno se lo callaba para no abochornar a sus seres queridos. Ahora, en cambio, cuando conozco algún muchacho, es lo primero que le informo. El mancebo sin falla pone ojos arrobados. Quizá se adelanta e imagina su cuerpo sobre mi cama decorado como para una película de Greenaway. Y yo, degustando uno a uno sus miembros, mientras le leo fragmentos selectos de El manantial Latente.
Ya, desde ahora mismo, declaro el nacimiento del movimiento canibalista dentro de la poesía mexicana, cuya primera misión será sembrar de horror delectable al lector, de cimbrarlo bajo la promesa callada de una muerte estética y de anunciar las bodas de la literatura y la gastronomía.
Se me dirá que los poetas siempre han sido caníbales feroces. Sí, de unos con los otros; pero de lo que se trata ahora es de llevar esa ferocidad y ese arte al Pueblo. Los mexicanos tenemos una larga tradición de canibalismo. Nuestra poesía melancólica, por otra parte, es uno de los mejores frutos de la lengua. Ha llegado el momento de la Gran Síntesis Cultural.
El poema en una bolsa de nylon es una bomba de tiempo. Y en verdad, en verdad os digo: “Algún día todos seguiremos al Caminante”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)